Dios nombró las cosas…

La inocencia te valga,

no hay nombre que valga.

Todo es verbo.

La roca, esa fija y dura,

fue gas, fue polvo de estrellas,

fue hueso,

y parece eterna en el breve tiempo;

como el de una mariposa o de un humano.

Más en el tiempo del universo,

desde el origen hasta ahora,

todo es un verbo que transforma.

La materia se macera paciente,

para formar el perfume inesperado.

Los niños juegan en el lago,

unos dicen “estos peces son los míos”,

otros dicen “de aquí para allá son míos”,

y juegan contentos en su ilusorio poseer.

Las niñas juegan a que las flores

recién cortadas durarán para siempre,

como esos amores pasajeros.

Nace el niño para siempre,

y pronto se ha perdido en medio de la vida.

Compite el hombre contra el hombre,

como esos niños del lago,

la mujer contra la mujer,

la mujer contra el hombre y los hijos,

y así en un cuento sin fin.

¿Vale la pena luchar por el agua entre los dedos?

Si el agua es un soplo y la lucha nos mata.

Y lo único que tenemos es lo que somos,

o mejor,

lo que no sospechamos que somos.

¿Por qué arrebatarnos la paz y el amor solidario?

Si las alas se queman,

si las almas se ahogan,

por querer lo que no se posee,

olvidando que ya nos tenemos.

Seamos,

solo seamos como el silencio,

que no se esfuerza en el grito,

o como esa paz que se esconde

en la semilla de nuestra música,

que se baila como todo baile,

tomados de las manos,

en la libertad de la armonía,

en la atracción sin codicia,

en las redes invisibles,

de la espera y de la entrega.

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